¿SEGURO QUÉ ERES TÚ EL QUE DECIDE? Parte 1

Dejar Huella. ¿Seguro qué eres tú el que decide? Parte 1

En 2007 se realizo un experimento de los más interesantes que jamás he visto. Después de conocer esto me pregunto ¿hasta que punto somos libres de pensar, sin la influencia de los demás?

Nuestra toma de decisiones está marcada por paradigmas y creencias en la mayoría de los casos basadas en la opinión de personas a las que hemos dado la autoridad del conocimiento, a las que no conocemos personalmente y de las que no sabemos nada de sus más profundas intenciones al respecto.

Esto que parece algo totalmente inofensivo es realmente el arma más peligrosa del mundo, hablaremos sobre ello en la segunda parte del post (lo publicare la semana que viene). En esta parte quiero que conozcáis el experimento y lo disfrutéis, para mí, es una pasada.

El experimento fue ideado por Gene Weingarten redactor del ‘Washington Post’

La finalidad del mismo se resumía en una pregunta: ¿Sería capaz la belleza de llamar la atención en un contexto banal y en un momento inapropiado?

Para demostrarlo contaron con la ayuda del estadounidense Joshua Bell, un niño prodigio considerado como uno de los mejores violinistas del mundo.

La fecha elegida fue El 12 de enero de 2007 a las 07.51 de la mañana, en la estación de L’Enfant Plaza, la estación más concurrida de la capital de USA

Bell, que tres días antes había dado un concierto en el Boston Symphony Hall donde las entradas se agotaron y se llego a pagar por una butaca media unos 100 dólares, se encontraba en la estación de metro vestido con unos vaqueros, una camiseta de manga larga y una gorra. Dio comienzo el experimento con su violín, un  Stradivarius de 1713, valorado en 3,5 millones de dólares. El total de personas que pasaron frente al señor Bell durante su actuación fueron 1.097 En los 43 minutos que tocó.

La cantidad de dinero recogida en su estuche fue de 32 dólares y 17 céntimos que fueron donados a la beneficencia

En la estación de metro, alejado de las campañas de promoción de su arte, fuera de los grandes escenarios y con la única compañía de su violín, a Bell sólo lo reconoció una persona y muy pocas más se detuvieron siquiera unos momentos a escucharle.

Leonard Slatkin, director de la Orquesta Sinfónica Nacional de Estados Unidos, calculo que “entre 75 y 100 personas se pararían y pasarían un rato escuchando” aunque esté no fuese reconocido. Fallo de pleno.

Pasaron tres minutos y 63 personas hasta que alguien se dio cuenta de que una melodía sonaba en el subterráneo.

Un hombre de mediana edad fue el primero en prestar atención al violinista, aunque solo fue por un segundo.

Treinta segundos después le dejaron en su funda el primer dólar y a los seis minutos alguien se para cerca de una de las paredes para, por un momento, disfrutar de la música.

El violinista comenzó con la interpretación de la chacona de la Partita número 2 en Re menor de Johann Sebastian Bach y siguió con piezas como el Ave María, de Schubert, o la “Estrellita”, de Manuel Ponce, obras toda ellas reconocidas y de las más difíciles de interpretar.

En total, fueron siete los individuos que detuvieron su marcha para escucharle, y 27 los que le aportaron algo de dinero.

Sólo una mujer fue capaz de reconocerlo porque que había estado en el concierto de Boston justo tres días antes. La mayoría de quienes se pararon a escucharle percibieron que el artista no era un pedigüeño cualquiera.

“Era un violinista soberbio, nunca he oído nada así. Dominaba la técnica, su fraseo era buenísimo. Y su cacharro era bueno, también, el sonido era amplio, rico”, describió John Piccarello, un supervisor postal que en su día estudió violín.

Otro pasajero que se detuvo a oír al virtuoso fue John David Motensen, funcionario del Departamento de Energía, que sin los conocimientos de Piccarello sí explicó al Post que la música de Bell le hacía “sentir en paz”.

La conclusión final del experimento según el diario fue que como dice el refrán que “la belleza esta en el ojo de quien mira”.

Os dejo el vídeo para que reflexionéis sobre un experimento que deja claro como ensalzamos  o hundimos a la gente en la miseria, en muchas ocasiones, por el criterio de personas que tienen el suficiente prestigio para dar sus opiniones y convertirlas en casi Dogmas.

Dogmas que muchos de nosotros, por desgracia,  seguiremos ciegamente. Esto con referencia al arte no es más que una anécdota que a cierta gente le puede costar millones de dólares o euros (sumas que pagaran por cualquier cuadro o articulo si le dicen que lo vale), pero, ¿qué pasaría si alguien diese su experta opinión sobre economía, terrorismo, etc.?

Hablaremos de ello en la segunda parte del post, hasta la semana que viene… Mientras tanto disfrutar el video del señor Bell en el metro.

No olvides dejar tu opinión

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3 pensamientos en “¿SEGURO QUÉ ERES TÚ EL QUE DECIDE? Parte 1

  1. Pingback: ¿SEGURO QUÉ ERES TÚ EL QUE DECIDE? parte 2 | MI ÚNICA CREENCIA ES EXPERIMENTAR

  2. Lo cierto es:
    Que el ser humano es maravilloso y al tiempo despreciable.
    Al mismo tiempo diré que SER, es muy complejo, por qué qué es SER???…
    Ser quién uno quiere
    Ser quién quiere los demás
    Ser quién parece que somos
    Ser quién deciden las circunstancias ….

    Es complicado … VIVIR CON DIGNIDAD HUMANA, pero más duro es VIVIR MISERABLEMENTE….

    No sabemos nada de los seres humanos con los que convivimos porque no nos interesa saber de ellos, o porque no queremos que nadie sepa de nosotros mismos?…

    Esperando impaciente el próximo blog.
    Un abrazo.

    • Quizá, se resuelva todo sabiendo quien somos de verdad, el SER que no cambia… ¿Te imaginas que investigas quitándote todo lo que sabes?, ¿Te imaginas que lo que quieres, no es lo que quieres?, ¿te imaginas que lo que quieren los demás, no es lo que quieren?, ¿te imaginas que las circunstancias son fruto de lo que creemos?, ¿Te imaginas que nuestro propio SER, es que todos somos UNO…?

      Seguramente si sintiésemos la verdad autentica durante una décima de segundo, nuestra pena por el dolor ajeno nos mataría, porque la muerte de otro seria nuestra propia muerte…

      Esto da para un libro, muchísimas gracias por comentar.

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