LA CULPA

Dejar Huella. LA CULPA

Cómo un jarro de agua fría. Con la misma impresión que nos impacta la sensación del repentino choque térmico en nuestra piel, así llega la culpa.

Por mucho tiempo hemos ido llenando nuestro cubo de agua fría, hasta el punto de hacernos los creadores de una atracción temática. Se llama la intensa culpa.

La compararía a las que vemos en los parques acuáticos, esas que les encanta a los niños, consiste en un cubo gigante que siempre se está llenando y volcando, impresionando a los que esperan que les caigan cientos de litros de agua fría.

A los del parque acuático les impresiona el agua, sin embargo no les sorprende. Lo mismo nos pasa a nosotros con el sentir de la culpa, que nos impresiona por dentro, no obstante, hace mucho que dejó de sorprendernos.

¿Quién no espera su chorro de culpa después de saltarse un propósito? ¿Quién no sabe que se mojará en la pena después de brincar su código ético? ¿Quién no sabe que intentará secarse con los lametones de su lengua la lástima de la pena?

Algunos de nosotros por un simple bocado de chocolate, otros por probar el pan, otros por un trago de alcohol, otros por estar sentados en el sofá, otros por lo que dice la báscula, otros por pegar al niño, otros por rozarse con una mujer o un hombre, otros porque nos hemos arruinado, otros por jugar, otros por un cigarrillo, otros por hacer daño a un ser querido, etc.

Solemos vivir la culpa ligada a algo externo, como la división del bien y del mal. Solo alcanzamos a verla desde el punto de lo que debería ser y lo que realmente hice, quedándonos con la anécdota del acto, sin profundizar en la verdadera raíz del mismo.

Si atravesamos un poco lo socialmente establecido y pasamos al virgen campo psicológico, podemos dar gracias de sentirnos culpables. La culpa nos muestra de una manera explícita lo que no somos y el porqué de nuestros sufrimientos.

Cuando tienes la sensación de vacío existencial en el estómago, acompañado de los pensamientos que te torturan, tienes la oportunidad de darte cuenta de tu propia división.

La culpa pasa en un instante, de conciencia, a convertirse en la bendición que nos muestra lo desintegrados que nos encontramos.

El acto que nos trae la culpa a nuestra vida es una tontería, comparado con la esencia de lo que nos lleva a sentirnos culpables.

La culpa es “la cadena” que nos une voluntariamente, de manera inconsciente (si quieres), a la esclavitud de toda nuestra forma de pensar, que consecuentemente rompe el silencio cada vez que damos un paso.

No podremos romper “la cadena” mientras creamos en lo que pensamos, pues, nuestras ideas, con mejor o peor argumento, nos dividen a nosotros mismos; así como nuestra propia partición nos separa del mundo.

SOLO EN LA UNIDAD NO PUEDE HABER CONFLICTO.

Si deseamos curarnos de la culpa, deberíamos integrarnos incluso con ella.

Tú eres la culpa, lo que piensas, lo que haces y lo que no haces.

Tú eres lo que te duele y en ti está lo que te hace sufrir por deseo propio. En definitiva, no hay que luchar contra nada. Si le das credibilidad a lo no tóxico, siembras la simiente de lo tóxico. No separemos lo que ES o dejara de SER.

Desde el momento en que lo unes todo en el AHORA, se acabó la guerra. PORQUE NUNCA LA SOLUCIÓN ES LUCHAR, LA SOLUCIÓN ESTÁ EN EL VERDADERO CREADOR… EL AMOR.  Y ÉSTE ESTÁ SIN QUE SE HAGA NADA. NO EXISTEN TÉCNICAS PARA AMAR. Ninguna silla eléctrica ha terminado con los asesinos, sin embargo, sí ha hecho asesino a toda una sociedad que mata porque la matan. El motivo es diferente, pero el acto es el mismo.

Desde lo íntegro “la cadena” pasa a ser parte de la escena, dándole el verdadero sentido a la obra. Desde el patio de butacas ya no se ve el sufrimiento de un actor atado, sino la anecdótica representación dentro de una obra completa.

Lo que pienso deja de hacerme su rehén, no porque lucho contra él, sino porque comprendo que no me puede retener. Su fuerza se la he otorgado yo. Y mi captor, mis propias ideas, me han obedecido.

Gracias culpa por mostrarte. EL HECHO de que en realidad soy PURA PAZ, y en la verdadera PAZ no existen los juicios, ni los jueces, ni los inocentes, ni los culpables, ni los tóxicos, ni los no tóxicos, ni los buenos, ni los malos…

En realidad no sé lo que soy, pero sé que si me veo juzgándome o juzgando a alguien no estoy en PAZ.

Desde esa consciencia, lo que pienso deja de tener mi crédito, dejo de verlo como lo REAL, para COMPRENDERLO como algo que NO sobra… simplemente está unido a la infinita y extraordinaria obra de vivir, que sin duda, SUPERA LO QUE YO PIENSO.

TQM

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